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Mi aventura de correr: una conexión entre la felicidad y el esfuerzo - Fernando Gómez Aldana

Empecé a practicar el atletismo luego de terminar la universidad y, desde entonces, llevo acumulando fondo en mis piernas por veinticinco años; casi tantos como tenía en aquel entonces.  Durante este tiempo he estado viviendo historias y anécdotas de todo tipo, gracias al síndrome de Quijotes que tenemos especialmente los atletas recreativos.  Buscamos y enfrentamos los “molinos de viento” que representan las motivaciones e impulsos que mueven nuestras extremidades, con la loca idea de seguir siempre adelante, como si corriendo se pudiera llegar hasta el infinito.

Ya de pequeño mi papá me llevaba a ver a Álvaro Mejía y Víctor Mora, cuando el primero había conquistado sus máximas glorías y el segundo empezaba a tomar el relevo en la categoría de “monstruos” del atletismo colombiano.  Recuerdo sus disputas verbales antes de cada carrera, particularmente del bogotano, a lo “Mohamed Ali”.  Mostraban los dos una gran pasión y determinación por la victoria. Luego vino el gran Tibaduiza, y posteriormente otros que aunque no tuvieron el renombre de los anteriores, también dejaron todo de sí en las calles y pistas por donde pasaron, como ocurre con los jóvenes de hoy que sueñan y trabajan para llegar a bañarse de gloria, devorándose los kilómetros y los cronómetros que sea necesario para ello. 

historias de carrerasPara mi caso, la gloria en el atletismo ha consistido en más de una ocasión, en terminar las carreras.  He practicado al pie de la letra el espíritu olímpico en lo referente a la fraternidad y la superación personal por medio del esfuerzo, más que al antipático esquema de triunfadores y vencidos (entre otras cosas, porque no he tenido otra alternativa).  Mi primera carrera la hice luego de llevar entrenando, por pura afición, casi 10 años.  No me había atrevido antes por temor a no poder terminar, hasta que un amigo me hizo caer en cuenta que no sólo cruzar la meta producía satisfacción, por lo que decidí realizar la carrera Ciudad de Bogotá, que antes se hacía entre la Plaza de Bolívar y la Calle 100, por toda la Séptima.  Me inscribí con la idea de andar hasta donde pudiera. La enorme cantidad de atletas que había conmigo en la Plaza de Bolívar, la algarabía, la ansiedad colectiva, esa sensación tan frenética compartida con miles de personas tan unidas física y moralmente, fue algo inigualable frente a tantas cosas vividas hasta ese momento. Logré terminar la carrera sobradamente y ahí comenzó la “fiebre” por las competencias en las que pudiera tener ese mismo éxtasis: la lucha conmigo mismo por avanzar y mejorar, y la compañía fraterna de personas que como yo, eran capaces de sentir la relación directa que hay entre la felicidad y el esfuerzo.

Y es que correr es una experiencia intima y personal en la que cada uno se encuentra solo frente a sí mismo y frente al mundo; pero a la vez, es un acto de comunidad cuando en los entrenamientos o en las competencias nos encontramos con otros seres tan extraños y singulares como nosotros.  Aunque nunca lleguemos a saber algo de sus vidas y sus historias, ese corto trayecto en que nos encontramos –corriendo- nos ata irremediablemente, porque sin darnos cuenta, cada uno se convierte en soporte y motivación del otro.  Esto lo vivimos, por ejemplo, cuando en la carrera buscamos la compañía de alguien que lleve un ritmo similar al nuestro, y aunque no nos lleguemos a hablar, sentimos el espíritu solidario de contar con alguien que se enfrenta junto con nosotros, hombro a hombro, con los mismos retos del camino.  Una de tantas experiencias de este tipo la tuve en una Media Maratón de Bogotá que se desarrolló en medio de una fuerte e incontenible lluvia.  Encontré un “socio” pasando la avenida de Chile y anduvimos largo rato, cruzando eventualmente algunas palabras.  Cuando íbamos llegando a la avenida Pepe Sierra mi compañero me hizo saber que tenía la urgencia de orinar, a lo que rápidamente le contesté “tranquilo... piense en otra cosa”. Casualmente, en ese momento corrió la ola de que Juan Pablo Montoya acababa de ganar la carrera de Monza en la Fórmula 1.

Cuando ya empezábamos a andar por la avenida 68 lo note a él más rápido, adelantándose un poco, por lo que le comenté que no se precipitara, que lo que venía (unos cuatro o cinco kilómetros) era todavía duro. Él me contestó: “no hermano, yo voy igual; usted es el que está bajando el paso”.  Tenía razón, yo en verdad iba sintiendo ya el cansancio, y sólo me limité a seguir con lo que rindiera mi cuerpo; afortunadamente allí se supo que Alirio Carrasco le había ganado la carrera a los africanos y esto nos agregó una dosis de motivación. Al final llegué unos metros detrás de mí compañero. Luego de recibir orgulloso mi medalla, lo alcance y le señalé los baños; el sonrió jocosamente y me dijo “¡noo, ya lo hice y hasta ya me bañe con la lluvia, y nadie se dio cuenta!”.   Eso es algo que también me gusta de las carreras: la gente se muestra espontanea y recursiva.

Son muchas las cosas que me emocionan y atraen de correr, a lo largo de cada año. Normalmente, en enero bajo la intensidad del entrenamiento para reemprender el trabajo juicioso y disciplinado desde febrero. Mi ciclo de entrenamientos lo culmino en diciembre. El fin de la temporada lo hago casi siempre con las carreras de Cajicá y de Chía. Éstas marcan el periodo alegre y festivo de la  Navidad, empezando con  la noche de las velitas y finalizando con San Silvestre.  Por ello mismo, el lapso entre las dos carreras coincide con el ritual que adoptó mi organismo en los últimos años, de subir casi un kilo entre una y otra.  Y hablando de la competencia de Cajicá, las carreras nocturnas tienen un especial encanto, tal vez porque la oscuridad lleva consigo un halo de misterio que le agrega un mayor valor a la aventura de correr. Cuando participo allí, no sólo me impulsan las motivaciones de siempre, sino  que la propia oscuridad hace que busque la meta con más afán; puede ser algo, como un cierto instinto de conservación. Esa sensación -tan primaria- me encanta.

En cuanto a la carrera de San Silvestre de Chía, la veo como el “moño del regalo” o la “cereza del postre”.  La corro con lo que me queda del año, sabiendo que luego sobrevendrá el descanso. Pero además, hay un sabor especial porque está en el ambiente el final del año y esa particular idea que nos suele acompañar en esa fecha: que “mañana será el primer día del resto de mi vida”. Por ello hay un cierto valor simbólico allí, de concluir dignamente el año para empezar el que viene con las mejores energías.   Esto tiene mucho que ver con una anécdota ya lejana en esa carrera.  En aquella ocasión pasé la línea de meta a pocos segundos de dos “monstruos”: Hérder Vásquez y Jacinto Navarrete, quienes se disputaron la victoria esa vez.  Con el ánimo que siempre me caracteriza, yo de todas maneras levante mis brazos para quedar bien en la foto; enseguida me apreste a continuar con la vuelta que aun me faltaba.

Es que el atletismo es para gente optimista (de hecho yo soy de los que siempre ven el vaso medio-lleno).  Uno puede lamentarse por no cumplir una cita con la novia por el mal tiempo, pero que se le dañe a uno el entrenamiento por ese motivo, es para llorar. Claro que a muchos el mal tiempo no nos intimida, salvo cuando en el parque, en medio de la lluvia se comienzan a sentir los truenos y relámpagos muy cerca; esto puede cambiarnos la rutina del día y forzarnos a hacer un pique de alta velocidad hasta la casa. Pero siempre seguimos adelante, como “Quijotes”, sin bajarnos de la “nube” en que nos sentimos cada día en que tenemos la dicha de correr y correr.  Por esto, yo continuaré persistiendo y sintiéndome orgulloso de mi estilo de vida, con lo que espero que aun vengan muchos más kilómetros de relax y de alegrías por vivir, para mí y todos los colegas de esta linda afición.

Fernando Gómez Aldana

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