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Primera carrera, a punto del retiro - Carlos Molina

Tan solo había recorrido trescientos metros de mi primera carrera atlética, cuando tropecé en medio de la multitud y caí estruendosamente al piso. Cruzaba frente a la histórica iglesia de San Francisco en el centro de Bogotá y varios corredores me pasaron por encima.

historia de carrera

En medio de piernas peludas y armoniosas curvas que observaba desde el asfalto, creí que era el final de una tardía carrera deportiva, pues a mis 41 años había decidido inscribirme a los 10k de la Media Maratón de Bogotá y era consciente que tendría muy pocas oportunidades de continuar. Con una rodilla pelada y dolido por el golpe, me levanté y retomé la carrera a un ritmo muy suave, pues el dolor, aclaro que era el dolor, me impedía  ir en punta de carrera.

El hecho de haberme levantado,  la multitud que corría a mi lado y las expresiones de ánimo que daban a los corredores los asistentes al lado y lado de la vía, fueron los mejores alicientes para que el dolor desapareciera y pude retomar un ritmo muy fuerte.

Pero no duró mucho mi alegría; a los pocos kilómetros estaba muy fatigado producto de ese endemoniado ritmo de carrera y comencé a sentir el cansancio. Solo me animaba que había sobrepasado a un joven afrocolombiano a quien creía tan rápido como los keniatas.

Al paso por el kilómetro cinco pensé en retirarme, no tenía fuerzas, el corazón palpitaba a mil y me faltaba el paso por el puente de la carrera 30. Recordé que un mes antes, cuando estaba en el banco llenando la inscripción, dudé por varios minutos si me inscribía a los 10, o a los 21km. En ese instante me sentía fuerte, pero solo de pensamiento.

Recordé también que en momentos de crisis, el pensamiento juega un papel muy importante así estés decaído físicamente. Hay que pensar en experiencias positivas decía el instructivo de la carrera y así lo hice. Con la mirada pegada al piso, la mente puesta en la meta y pensando en la alegría que Dios me ofreció con la vida de mis tres hijas, pude llegar al parque Simón Bolívar.

Motivado por los aplausos del público para todo el que cruzaba la meta, la medalla y las atenciones ofrecidas en la zona de recuperación, volví a sentirme tan fuerte, que ya pensaba en la próxima carrera.

Mi decepción llegó en horas de la noche cuando observé en la página oficial de la carrera que mi tiempo había sobrepasado los 55 minutos, casi el doble del ganador, con quien ilusamente me comparaba.

Aquel 2006 marcó el inicio de una carrera, no de éxitos porque no he ganado nada, sino de satisfacciones, pues ese mismo año participé en la carrera Los Comuneros de Zipaquirá, donde quedé de tercero; de atrás para adelante obviamente,  y al año siguiente incursioné en los 21 kilómetros de la Media Maratón de Bogotá, que terminé en una hora y 47 minutos.

Desde entonces no me importa el penetrante frío de la mañana, el sol sabanero que cala de frente, la lluvia refrescante que repentinamente se cruza a mi paso, ni el riesgo de pasar en medio de caótico tráfico bogotano. Todo, con tal de sentir la ansiedad antes de cada carrera, la fatiga extenuante al transcurrir los kilómetros o la satisfacción de cruzar la meta.

Lo importante es ver que año tras año he quebrado  el cronómetro bajando esos tiempos de primíparo, experimentar la tranquilidad que se siente después de cada entrenamiento y gozar de una buena salud.  Estos aliados me hacen concluir que el atletismo es lo mejor que me ha pasado en los últimos años.

 

Carlos Molina

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