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Odisea en las montañas - Adriana Gisella Rojas

La historia de una atleta en la Carrera The North Face en La Calera.

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Era una carrera relativamente fácil y todo iba perfecto hasta el kilómetro 36. Programé hacer 10 minutos por kilometro para llegar dentro del cierre de carrera (que me había dicho el propio organizador Gustavo Calzada) que estaba programado para las 5:30 pm. Confié en que la cerraban a las 5:30 pm y todo lo calculé bajo ese parámetro. Cada 10 kilometros tomaba 2 bolsas de agua y las echaba en mi mochila de Bodytech, llevaba un tarro de agua en la mano, que turnaba entre diluirle un sobre de hidratante y uno de recuperante, consumía un gel cada hora y tomaba un sorbo del líquido divido en tres, cada diez minutos. A los 21 km era el puesto donde se consumía el almuerzo para el cual tenía listo: fruta (plátano), atún en lomitos y chocolatina Jet con maní...

La señalización de la carrera la hicieron con flechas rojas pintadas, con cintas contramarcadas fondo rojo, letras blancas, con publicidad de Gatorade y en sitios de fácil confusión hubo personal con camisetas de Gatorade. Cuando iba en el kilometro 36, me encontré con el personal de Gatorade. Hasta aquí mi promedio por kilometro era de 10.69 minutos... y ahí empezó la odisea... cuando ví a los del personal de Gatorade, ya habían recogido sus cosas, al preguntarles me dijeron, que me devolviera con ellos, que abajo nos recogían y les dije que no me devolvía, porque a mí me habían dicho que la carrera cerraba a las 5:30 pm, eran las 2 pm y estaba dentro de los limites, porque me faltaban 14 km y quedaban 3 horas y media para cerrar, ellos tomaron mi número teléfonico, me explicaron el camino y dijeron que me llamarían. Efectivamente me llamo Julián Parra, jefe de ruta y me dio unas indicaciones, que seguí, luego volvió a llamar y lo mismo, hasta que no llamo más... (tan...tan...tan...tan).

Llegó un momento en que corría y corría y nada se veía (tan...tan..tan...tan) Sólo montañas y oscuridad (tan...tan...tan...tan) Empecé a llorar como una niña pequeña y todo se confabuló porque teniendo tres celulares, sólo llevé el que se quedo sin minutos (jua...jua...jua..jua) Empecé a rezar y a decir que no quería morir en las montañas por mucho que las ame. Me sentí triste porque desee que alguien me llamara aunque fuese para tratar de venderme algo...y nada...

A lo lejos se oía un correr de agua (bastante asustador) y pensé en la posibilidad de seguir el cauce del algún río pero sólo era un gran estanque de un acueducto. Todos los geles que me me había consumido, más el miedo que tenía me hicieron correr más rápido... y rezaba y corría y corría y rezaba.... terminé corriendo 56 km y mi monitor me indicaba la perdida de tres mil gramos de peso. Quería encontrar a alguien que me auxiliara o alguna casita como en el cuento de Blanca Nieves pero esta vez, no en el bosque, sino en las montañas y claro, que sin los siete en enanitos porque podrían resultar ser peligrosos aquí en Colombia. Finalmente vi una casita, hacia arriba de una de las montañas que me rodeaban y sacando fuerzas en las piernas, subí y grité fuerte: "buenas" a lo que nadie respondía...

Empecé a pensar que no había nadie, cuando vi humo, saliendo de un tubo... y hubo una esperanza, por fin salió una niña y entre sollozos le dije que estaba extraviada que si me podían regalar una llamada para poder dar aviso a los organizadores, los llamé y cual fue mi sorpresa cuando me contestaron, ya en sus casas, habiéndome dejado a mi suerte y con mi ropa de cambio y comida para la "llegada" perdidas en algún lugar de la coliseo. Los organizadores me dijeron que bajara por la montaña y que ya llegaba. Supuestamente el organizador dijo que se devolvía al Coliseo para ver lo de mi ropa y comida, pero la Señora de la casita (María Herrera), a donde llegué, me dijo que estaba lejos y que por ahí corría varios peligros, que me tomara un plato de sopa (que delicia!) y que su hijo me acompañaría montaña arriba a intentar coger el último bus que pasaba a las 6:30 p.m., para que me llevará al pueblo de La Calera, donde cogí un bus hacia Bogotá, porque en el coliseo no había nada, ni nadie. El bus para Bogotá duró dos horas en trancón y cada vez veía más lejos llegar a casa.

Finalmente llegué a casa a las 10 de la noche, amando más a Dios, a la vida, a mi familia, a mis amigos y a las buenas personas que están dispuestas a ayudar, así uno sea un perfecto extraño. Además pensando que los organizadores de la carrera North Face para Colombia, sólo piensan en recibir la plata de los elites, porque nosotros los aficionados sólo somos el relleno, no piensan que sin nosotros no habrían carreras y los elites no tendrían a quien ganarles.

Adriana Gisella Rojas

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